JavaScript is disabled in your web browser or browser is too old to support JavaScript. Today almost all web pages contain JavaScript, a scripting programming language that runs on visitor's web browser. It makes web pages functional for specific purposes and if disabled for some reason, the content or the functionality of the web page can be limited or unavailable.
Vieraskieliset / en espanol

He Peleado la Buena Batalla

Siionin Lähetyslehti
Vieraskieliset / en espanol
20.11.2013 8.14

Juttua muokattu:

1.1. 23:47
2020010123475520131120081400

El após­tol Pab­lo co­noc­ía bien la cul­tu­ra de su tiem­po, en don­de los de­por­tes eran pre­mi­a­dos. Por­que él sab­ía que la ima­gen de la com­pe­ten­cia viv­ía po­de­ro­sa­men­te en los pen­sa­mien­tos de los homb­res, muc­has ve­ces él com­paró la vida Cris­ti­a­na como cor­rer en una pis­ta de car­re­ras. Tam­bién de­se­a­ba most­rar que el sig­ni­fi­ca­do y la meta del em­pe­ño de la fe son muc­ho ma­yo­res que la búsqu­e­da de me­tas tem­po­ra­les.

Él esc­ri­bió a Ti­mo­teo que el ejer­ci­cio físico tie­ne poco va­lor, pero que la fe cor­rec­ta tie­ne va­lor en to­das las co­sas, ya que inc­lu­ye una pro­me­sa para am­bos en la vida pre­sen­te y fu­tu­ra. Dijo que los crey­en­tes se es­fu­er­zan por­que han pu­es­to su es­pe­ran­za en el Dios vi­vien­te, qui­en es el Sal­va­dor de to­dos los homb­res. (1 Ti­mo­teo. 4:8–10.)

De­pen­dien­do de la gra­cia de Dios

El sal­mis­ta hab­la de la creen­cia como un “ca­mi­no”. Él dice que él ha ora­do día y noc­he llo­ran­do, pi­dien­do ay­u­da de Dios y le pre­guntó: “Ensé­ña­me, oh Je­hová, tu ca­mi­no” (Sal­mo 86:11). Según la Bib­lia, el homb­re no pu­e­de al­can­zar el ca­mi­no que lleva a la vida eter­na, solo ex­cep­to a través de Cris­to. Jesús mis­mo dijo: “Por­que de tal ma­ne­ra amó Dios al mun­do, que ha dado a su Hijo unigé­ni­to, para que todo aqu­el que en él cree, no se pier­da, mas ten­ga vida eter­na” (Juan 3:16). El após­tol Pab­lo esc­ri­bió a los Ro­ma­nos “Jus­ti­fi­ca­dos, pues, por la fe, te­ne­mos paz para con Dios por me­dio de nu­est­ro Se­ñor Je­suc­ris­to” (Ro­ma­nos 5:1). El Se­ñor Jesús es la re­con­ci­li­a­ción para nu­est­ros pe­ca­dos, no so­la­men­te por los nu­est­ros, sino los pe­ca­dos de todo el mun­do (1 Juan 2:2).

El ca­mi­no que lleva a la vida eter­na se basa en el lla­ma­do de Dios, el cual el homb­re pu­e­de es­cuc­har en es­te mun­do. El Se­ñor del cie­lo y de la tier­ra ha co­lo­ca­do el mi­nis­te­rio de la re­con­ci­li­a­ción en Su cong­re­ga­ción, cuya ta­rea es cui­dar a los hi­jos de Dios. “Que Dios es­ta­ba en Cris­to re­con­ci­li­an­do con­si­go al mun­do, no tomán­do­les en cu­en­ta a los homb­res sus pe­ca­dos, y nos en­cargó a no­sot­ros la pa­lab­ra de la re­con­ci­li­a­ción” (2 Co­rin­ti­os. 5:19).

Pab­lo re­lató que él pre­si­o­no ha­cia la meta, al pre­mio, al cual Dios lo hab­ía lla­ma­do con una lla­ma­da ce­les­ti­al en Cris­to Jesús. Por esa razón, dijo que él hab­ía ol­vi­da­do lo cual qu­e­da atrás, y que se ap­ro­xi­ma a lo que está ade­lan­te (Fi­li­pen­ses 3:13, 14). La fu­er­za de un vi­a­jan­te en el ca­mi­no de la vida es la gra­cia de Dios. Se nos en­se­ña a rec­ha­zar la im­pie­dad y los de­se­os mun­da­nos (Tito 2:11, 12).

Amor, un at­ri­bu­to de los hi­jos de Dios

El homb­re es com­pa­ra­do con un árbol bu­e­no o malo en la Pa­lab­ra de Dios (Ma­teo 12:33). Según a la Pa­lab­ra de Dios, un hijo de Dios es un “buen árbol” que da bu­e­nos fru­tos. Jesús en­se­ña que un homb­re bu­e­no saca co­sas bu­e­nas de los víve­res de su bon­dad, y el homb­re malo saca co­sas ma­las de los víve­res de su mal­dad (Ma­teo 12:35).

Pab­lo esc­ri­be que el amor de Dios ha sido der­ra­ma­do en el co­razón del crey­en­te por me­dio del Espí­ri­tu San­to, el cual le ha sido dado a él (Ro­ma­nos. 5:05). Los fru­tos del Espí­ri­tu son amor, gozo, paz, pa­cien­cia, be­nig­ni­dad, bon­dad, fe, man­se­dumb­re y temp­lan­za (Gála­tas 5:22, 23). Por lo tan­to, el amor es el pri­mer fruto de la fe.

El após­tol Juan esc­ri­bió: “En es­to con­sis­te el amor: no en que no­sot­ros ha­ya­mos ama­do a Dios, sino en que él nos amó a no­sot­ros, y en­vió a su Hijo en pro­pi­ci­a­ción por nu­est­ros pe­ca­dos” (1 Juan 4:10). Es­te amor, que se ori­gi­na des­de el cie­lo se di­ri­ge de un crey­en­te a el Se­ñor Jesús, ha­cia ot­ros hi­jos de Dios, a la ob­ra del Evan­ge­lio, y para los inc­re­du­los, inc­lu­so a los que pa­re­cen ser los opo­si­to­res de la ob­ra del rei­no de Dios. El após­tol nos ex­hor­ta a com­pe­tir en hon­rar los unos a los ot­ros (Ro­ma­nos 12:10).

En su dis­cur­so de des­pe­di­da, Jesús dijo a sus se­gui­do­res: “Hi­ji­tos... Un man­da­mien­to nu­e­vo os doy: Que os am­éis unos a ot­ros. Como yo os he ama­do, que tam­bién os am­éis unos a ot­ros. En es­to co­no­cerán to­dos que sois mis discí­pu­los, si tu­vie­reis amor los unos con los ot­ros “(Juan 13:33–35).

Cui­dar la vida de fe

Como crey­en­tes, va­mos a es­cuc­har la Pa­lab­ra de Dios. No de­se­a­mos enf­ren­tar­nos a una for­ma de vida que es cont­ra­ria a la Pa­lab­ra de Dios. En es­to, no es una cu­es­tión de una de­ci­sión ba­sa­da en el cálculo hu­ma­no o pre­sión ex­te­ri­or, sino de la doct­ri­na de la gra­cia de Dios y la ob­ra del Espí­ri­tu San­to (Tito 2:11, 12). La fe vi­vien­te no pu­e­de ser in­vi­sib­le en la vida de un hijo de Dios.

A ve­ces, un hijo de Dios pu­e­de oír que, para la opi­nión de los demás, es un ser ais­la­do, un tipo de es­pec­ta­dor. Pero es­to no es así, de acu­er­do a la Pa­lab­ra de Dios y la pro­pia ex­pe­rien­cia de fe de un hijo de Dios. La fe vi­vien­te es la vida ver­da­de­ra pu­es­ta por Dios en Su rei­no de gra­cia. He­mos sido ca­pa­ces de ver en no­sot­ros mis­mos y en nu­est­ros co­no­ci­dos cer­ca­nos que al per­ma­ne­cer obe­dien­tes a la Pa­lab­ra de Dios, po­de­mos evi­tar muc­hos de los ma­les que en­ca­de­nan a nu­est­ros próji­mos.

Sa­be­mos que la vida ne­ce­si­ta ali­men­ta­ción para que pu­e­da con­ti­nu­ar. Así mis­mo es en el caso de la vida de fe. Martín Lu­te­ro esc­ri­bió en su lib­ro sob­re la li­ber­tad Cris­ti­a­na: “El al­ma no tie­ne ot­ra cosa en la tier­ra o en el cie­lo por el cual vive – – mas que el san­to Evan­ge­lio, la Pa­lab­ra de Dios. Ahí tie­ne su­fi­cien­te ali­men­to, la alegr­ía, la paz, la vida, la ca­pa­ci­dad, la jus­ti­cia, la ver­dad, la sa­bi­dur­ía, la li­ber­tad, y todo bien en abun­dan­cia.” En lo que res­pec­ta al cui­dar la vida de fe, La Doct­ri­na Cris­ti­a­na Lu­te­ra­na en­se­ña: “Para ser for­ta­le­ci­da y per­ma­ne­cen en la fe, el cris­ti­a­no debe usar di­li­gen­te­men­te la Pa­lab­ra de Dios y la San­ta Cena del Se­ñor, la ora­ción y la co­mu­nión cris­ti­a­na mu­tua.”

Un hijo de Dios debe cui­dar su vida de fe, de acu­er­do con las inst­ruc­ci­o­nes del au­tor de la Car­ta a los Heb­re­os: “Por tan­to, no­sot­ros tam­bién, te­nien­do en der­re­dor nu­est­ro con nube tan gran­de de tes­ti­gos, des­pojé­mo­nos de todo peso, y del pe­ca­do que nos ase­dia, y cor­ra­mos con pa­cien­cia la car­re­ra que te­ne­mos por de­lan­te, pu­es­tos los ojos en Jesús, el au­tor y con­su­ma­dor de la fe” (Heb­re­os 12:1, 2). Uno pu­e­de ser li­be­ra­do del pe­ca­do y de la car­ga so­la­men­te por creer en el evan­ge­lio pre­di­ca­do por el Espí­ri­tu San­to, cuyo núcleo es la ab­so­lu­ción en el nomb­re y la sang­re de Jesús.

El asun­to más im­por­tan­te de la vida

En me­dio de las muc­has de­man­das de la vida y en todo tipo de ob­ras, poco es ne­ce­sa­rio, y al fi­nal sólo una cosa. El sal­mis­ta lo exp­resó: “Afir­ma a mi co­razón para que tema tu nomb­re” (Sal­mo 86:11).

Jesús en­señó que na­die pu­e­de ser­vir a dos se­ño­res. Él dijo: “Por­que don­de esté vu­est­ro te­so­ro, al­lí es­tará vu­est­ro co­razón” (Lu­cas 12:34). Por lo tan­to, le pe­di­mos a Dios la fu­er­za para que po­da­mos es­for­zar­nos en su rei­no, con todo nu­est­ro co­razón.

Al­lí don­de Dios hace su ob­ra de sal­va­ción, el po­der del ene­mi­go tam­bién es­ta fre­cu­en­te­men­te tra­ba­jan­do. Así tam­bién lo fue en el tiem­po de Pab­lo. Por ejemp­lo, los fal­sos ma­est­ros, qui­e­nes se apo­ya­ban en los ru­di­men­tos, en­ga­ños va­nos del mun­do en sus dis­cur­sos, y no en Cris­to, que hab­ían tra­ba­ja­do en Co­lo­sos y sus ciu­da­des ve­ci­nas. Su in­ten­ción era at­ra­er a los cris­ti­a­nos a la fi­lo­sof­ía y “va­nas su­ti­le­zas”, le­jos de la simp­li­ci­dad de la fe en Cris­to.

Cu­an­do Pab­lo esc­ri­bió a los Co­lo­sen­ses, sus pa­lab­ras exu­da­ban un fu­er­te tes­ti­mo­nio del po­der del evan­ge­lio y de la fu­er­te fun­da­ción de la fe. El animó a los cris­ti­a­nos de Co­lo­sos a ca­mi­nar en Cris­to, inc­lu­so en tiem­pos de ten­ta­ción y a es­tar “ar­rai­ga­dos y sob­ree­di­fi­ca­dos en él, y con­fir­ma­dos en la fe”. En Cris­to “ha­bi­ta cor­po­ral­men­te toda la ple­ni­tud de la Dei­dad”. Por la fe, un hijo de Dios es partí­ci­pe de él (Col. 2:6–10).

Los conf­lic­tos ent­re la re­ve­la­ción de Dios y las en­se­ñan­zas que sur­gen de la men­te hu­ma­na cor­rup­ta, así como ent­re la fe y la razón, apa­re­cen con fre­cu­en­cia en la vida de la gen­te de la Bib­lia. Un hijo de Dios tam­bién pu­e­de ex­pe­ri­men­tar ten­ta­ci­o­nes si­mi­la­res hoy en día. Un hijo de Dios, en­se­ña­do por el Espí­ri­tu San­to, es sin em­bar­go se­gu­ro que se for­ta­le­ce la fe en el com­pa­ñe­ris­mo de la cong­re­ga­ción de Dios. En él, se nos ase­gu­ra una y ot­ra vez que la ple­ni­tud de Dios se re­ve­la en el Se­ñor Jesús.

El fin de la bu­e­na ba­tal­la

Pab­lo esc­ri­bió en su des­pe­di­da a Ti­mo­teo: “He pe­le­a­do la bu­e­na ba­tal­la, he aca­ba­do la car­re­ra, he gu­ar­da­do la fe, Por lo demás me está gu­ar­da­da la co­ro­na de jus­ti­cia, la cual me dará el Se­ñor, juez jus­to, en aqu­el día; y no sólo a mí, sino tam­bién a to­dos los que aman su ve­ni­da” (2 Tim 4:07, 8). Ga­nar el pre­mio no está ba­sa­do en el éxito pro­pio de un cris­ti­a­no, sino que es ca­paz de con­ser­var la fe y una bu­e­na con­cien­cia con el po­der del evan­ge­lio de Cris­to. Pab­lo ex­hortó a Ti­mo­teo a man­te­ner “la fe y bu­e­na con­cien­cia” (1 Tim. 1:19).

Tex­to: Ju­ha­ni Liuk­ko­nen

Pub­li­ca­do: SRK Anu­a­rio 2001

Tra­duc­ción: Me­la­nie Wi­su­ri

Jul­kais­tu es­pan­jan­kie­li­ses­sä kie­li­lii­tees­sä 11/2013

24.6.2024

Minä luotan sinun armoosi, saan iloita sinun avustasi. Ps. 13:6

Viikon kysymys