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Vieraskieliset / en espanol

Un homb­re me mostró el ca­mi­no al Rei­no de Dios sin un idi­o­ma común

Vieraskieliset / en espanol
26.9.2018 16.00

Mi nomb­re es Sa­rah y soy de Bon­do, Ke­nia, don­de vivo jun­tos a mi ma­ri­do y nu­est­ros hi­jos.

La pri­me­ra vez que co­nocí a crey­en­tes fue cu­an­do es­tu­ve en Fin­lan­dia como es­tu­di­an­te de in­ter­cam­bio de en­fer­mer­ía. Mi alo­ja­mien­to es­ta­ba si­tu­a­do cer­ca de la cong­re­ga­ción de Ou­lu.

Una vez cu­an­do es­ta­ba ha­cien­do las prácti­cas, co­nocí a un homb­re crey­en­te, Sa­mu­li Riek­ki.

Son­rien­do, él me acercó cu­an­do es­ta­ba pin­tan­do en una es­qui­na. El mur­mul­ló al­gu­nas pa­lab­ras es­pe­ran­do que yo en­ten­die­ra, pero por­que su inglés no era su­fi­cien­te, el no supo con­ti­nu­ar.

Afor­tu­na­da­men­te hab­ía es­tu­di­a­do al­gu­nas pa­lab­ras bási­cas para sob­re­vi­vir en es­te país ext­ra­ño. Pero hice peor la agon­ía de Sa­mu­li de in­ten­tar hab­lar por­que dije en mi fin­landés im­per­fec­to: ¿mit­ta kuu­lu?, ¿com­mo es­tas?. Sa­mu­li es­ta­ba tan con­fun­di­do que sólo dijo su nomb­re “Riek­ki”. Yo dije: Mina on Sa­rah, Yo es Sa­rah.

Sa­mu­li se fue, pero pron­to vol­vió con una mu­jer que hab­la­ba inglés me­jor que él. Así nu­est­ra con­ver­sa­ción em­pe­za­ba a fun­ci­o­nar y Sa­mu­li se pre­sentó con una in­vi­ta­ción de ve­nir a vi­si­tar su casa.

Creo que el Espí­ri­tu San­to le guio. En­vié la in­vi­ta­ción a los ot­ros es­tu­di­an­tes, Le­o­nard, Chris­ti­ne, Elec­ta, Eli­za­beth y ot­ros que qui­sie­ran ve­nir con no­sot­ros.

El­los nos hi­cie­ron sen­tir bien­ve­ni­dos, la casa es­ta­ba llena de fe­li­ci­dad y gozo, que pa­re­ció bas­tan­te raro. Al­lí co­no­ci­mos tam­bién ot­ros ami­gos de la fa­mi­lia. No­sot­ros, es­pe­ci­al­men­te yo, pen­sa­mos que quizás se sien­ten aleg­res mi­ran­do nu­est­ra piel tan fea. Lu­e­go me ac­laró que todo fue por el amor sin­ce­ro y el gozo que nos da el Se­ñor Jesús.

Me di cu­en­ta que eso es cier­to cu­an­do Sa­mu­li nos in­vitó a los ser­vi­ci­os de tar­de en la cong­re­ga­ción de Ou­lu. Esa tar­de es­cuché con pre­ci­sión el sermón. Cu­an­do el sermón es­ta­ba a pun­to de ter­mi­nar, me sentí con­de­na­da por mis pe­ca­dos. Cu­an­do el mi­nist­ro dijo que po­de­mos creer nu­est­ros pe­ca­dos per­do­na­dos, le­vanté mi mano y sentí en mi co­razón una paz y se­re­ni­dad re­al­men­te ma­ra­vil­lo­sa.

En mi vida he te­ni­do muc­has ti­pos de luc­has y en mi co­razón tuve muc­ha amar­gu­ra. Cu­an­do oré fu­er­zas para po­der per­do­nar a ot­ras per­so­nas tam­bién, sentí que mi co­razón se tran­qui­lizó. El men­sa­je de perdón me ha man­te­ni­do en es­te ca­mi­no has­ta hoy. Me ha en­se­ña­do que la paz y tran­qui­li­dad del Espí­ri­tu San­to qu­e­dan en el co­razón, cu­an­do ver­da­de­ra­men­te qu­e­re­mos per­do­nar el uno al ot­ro.

Es mi­lag­ro­so que to­dos los ami­gos que co­no­ci­mos en la casa de Sa­mu­li y en la cong­re­ga­ción han qu­e­da­do como ami­gos has­ta aho­ra.

El rei­no de Dios es igu­al que una se­mil­la de mos­ta­za y un te­so­ro es­con­di­do. Mi ex­pe­rien­cia del Rei­no de Dios es igu­al que en las pará­bo­las del evan­ge­lio de Ma­teo (Ma­teo 13.31-32, 44)

An­tes de ent­rar en es­te rei­no, no fui na­die. Luc­ha­ba para de­sa­ho­gar­me de mi pa­sa­do mi­se­rab­le, lleno de ne­ce­si­dad. Cu­an­do con hu­mil­dad re­cibí la se­mil­la del evan­ge­lio, la se­mil­la em­pezó a cre­cer en mí. Ha cre­ci­do así, que mi fa­mi­lia tam­bién la vio y han po­di­do ent­rar en el Rei­no de Dios. Ha cre­ci­do tan gran­de que ha ay­u­da­do tam­bién a ot­ras per­so­nas, como a mi her­ma­na y ot­ros fa­mi­li­a­res míos a en­cont­rar se­gu­ri­dad y ay­u­dar­nos mu­tu­a­men­te, por­que Dios nos ha ben­de­ci­do con su ben­di­ción ce­les­ti­al en los cie­los (Efe­si­os 1.3).

El rei­no de Dios es pre­ci­o­so para mí, un te­so­ro es­con­di­do, que es­pe­ro que lo en­cont­rarán to­dos los que aún no lo tie­nen. Es ma­ra­vil­lo­so ser un hijo de Dios. Él ha sido para mí el pro­vee­dor de re­ga­los y mi pro­tec­tor.

Con Él dejo todo mi con­fi­an­za. Por la gra­cia de Dios hoy soy qui­en soy.

Qui­e­ro in­vi­tar­te a es­te rei­no, qu­e­ri­do ami­go qui­en seas, quizás tam­bién es­tas luc­han­do en tu vida. Los bra­zos de Dios están abier­tos y está es­pe­ran­do para ab­ra­zar­te.

Ven, y cree tus pe­ca­dos per­do­na­dos en su pre­ci­o­sa sang­re.

Tex­to: Sa­rah Nden­ga Sid­wa­ka

Tra­duc­ción: P.H.

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